CONCLUSIONES.
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El Congreso Internacional sobre Agricultura de Conservación
se celebró en Córdoba, en noviembre de 2005. En el participaron más de 350
asistentes de 10 países. Se dieron cita científicos, técnicos y
agricultores que durante el congreso y la jornada de campo, realizada en
la finca Tomejil en Carmona, intercambiaron ideas y experiencias sobre las
técnicas de agricultura de conservación. El apoyo político-administrativo
al evento fue destacable.
La preocupación cada vez mayor acerca de los problemas que
atañen a la naturaleza es un hecho en la sociedad de hoy en día. No cabe duda
que, cada vez más, la población va tomando conciencia de la importancia de la
conservación del medio ambiente, y de las consecuencias que pueden tener sobre
el mismo, actividades y prácticas que puedan dañarlo. Dicha toma de conciencia
va tomando cuerpo, tanto en las Administraciones Públicas como en algunos de los
agentes implicados en diversos procesos productivos, en forma de políticas y
actuaciones encaminadas a una utilización respetuosa y sostenible de los
recursos naturales.
Dentro de este contexto, la agricultura, como actividad que
interacciona directamente sobre el medio, no iba a ser menos que otros procesos
productivos, y tanto desde
la Unión Europea, como desde España, se han empezado a hacer políticas orientadas a la
utilización de técnicas que traten de paliar los efectos perniciosos que las
técnicas agrarias convencionales tienen sobre el medio ambiente, como la erosión
del suelo, contaminación de los ríos por sedimentos, fertilizantes y
agroquímicos, disminución de la biodiversidad del suelo además del incremento de
las emisiones de CO2 a la atmósfera contribuyendo así al
calentamiento global del planeta.
Uno de los grandes problemas que han surgido a la hora de
aplicar estas políticas, ha sido comprobar el cumplimiento de las medidas
incluidas en éstas por parte del agricultor. Cada vez más, existen herramientas
que ayudan a estimar los problemas agroambientales de los ecosistemas agrarios.
En el Congreso se ha presentado un sistema, el cual, a través de la
clasificación automatizada de imágenes vía satélite de alta resolución espacial,
permite determinar los diferentes estados/manejos del suelo de forma fiable,
contribuyendo a la actualización de las medidas agroambientales y a su
seguimiento administrativo.
La agricultura de conservación es una poderosa herramienta
para evitar los efectos anteriormente comentados, y a través de los estudios
presentados en este Congreso se ha constatado que los beneficios derivados de la
utilización de estas técnicas, no sólo se enmarcan en el terreno medio
ambiental, sino que también se obtienen beneficios en el terreno energético y
económico.
Desde el punto de vista medio ambiental, la agricultura de
conservación minimiza el riesgo de la erosión del suelo, mejorando la estructura
y estabilidad del mismo. Además, al tratarse de técnicas que contribuyen al
incremento del contenido de materia orgánica y al establecimiento de coberturas
vegetales en el suelo, bien sea por restos de la cosecha anterior o por
cubiertas en cultivos leñosos, favorecen la biodiversidad y la fertilidad en los
suelos agrarios.
Una de las preocupaciones para el agricultor cuando adopta un
sistema de cultivo totalmente nuevo, es cómo hacer frente a los problemas que
las nuevas técnicas pueden generar y que, con las técnicas convencionales tenía
controladas, como el manejo de malas hierbas, control de plagas y enfermedades.
El manejo
de malas hierbas en sistemas de agricultura de conservación requiere una
atención y una planificación muy cuidadosa, aún más que en la agricultura
convencional, dado que la presión potencial de malas hierbas puede ser alta y
debido a que no es aconsejable recurrir al laboreo intensivo del suelo.
La
agricultura de conservación disminuye el daño directo sobre las comunidades de
invertebrados en el suelo, favoreciendo la actividad y desarrollo de estos
agentes. Este hecho, que podría llevar a pensar que la incidencia de plagas
podría ser mayor en estas condiciones, no es así. Dichas condiciones favorecen
además de a organismos susceptibles de convertirse en plagas, a sus depredadores
y otros insectos útiles, haciendo que la incidencia y virulencia de las plagas
sea menor.
Por otro
lado, la adopción de técnicas de conservación puede tener un efecto variable e
impredecible de las enfermedades debido a la compleja interacción planta,
patógeno, ambiente. Lo que debe quedar claro es que las enfermedades no han de
constituir un obstáculo a la implantación de la agricultura de conservación, ya
que cuando las condiciones favorezcan el desarrollo de las mismas, será posible
aplicar medidas de control complementarias efectivas.
En este
sentido, las innovaciones de la ingeniería genética relacionadas con la
obtención de plantas modificadas genéticamente resistentes a herbicidas,
microorganismos patógenos y plagas de insectos, pueden constituir un elemento
importante de apoyo, entendido la utilización de éstas, dentro de un marco en el
que se integren con otras medidas de control que en absoluto sean agresivas para
la naturaleza y para el ser humano.
Desde el
punto de vista energético, la agricultura, al igual que el resto de los sectores
consumidores, dispone de un potencial de ahorro de energía bastante
significativo. La agricultura de conservación puede contribuir a dicho ahorro,
ya que es un sistema que tiene menores necesidades energéticas que la
agricultura convencional, debido fundamentalmente a la reducción de labores de
preparación del lecho de siembra.
Otros factores que están permitiendo un
ahorro energético importante en la agricultura, es la aparición de tractores
cada vez más avanzados tecnológicamente, gran variedad de máquinas específicas
de agricultura de conservación y adaptables a cualquier condición del terreno, y
equipos auxiliares que permiten un trabajo más eficiente en las labores.
Una de las conclusiones a las que se ha llegado tras la
celebración de este evento, es el importante papel que la agricultura de
conservación puede jugar en el cumplimiento del Protocolo de Kioto por parte de
la Unión Europea en conjunto, y España en particular. Es un hecho comprobado que
las labores sobre el suelo contribuyen a liberación de CO2 a la
atmósfera, mientras que el mantenimiento de coberturas vegetales, contribuyen a
su fijación en las plantas a través de
la fotosíntesis. Así pues, los
cambios en la gestión agrícola pueden incrementar potencialmente la tasa de
acumulación de Carbono orgánico del suelo (COS), secuestrando por tanto CO2
de la atmósfera. En términos medios, un cambio de laboreo convencional a siembra
directa puede fijar 1,47 a 2,57 t ha-1 año-1 de CO2.
A la luz de todos los resultados presentados en el Congreso,
son numerosos los beneficios que la agricultura de conservación puede aportar,
no sólo al medio ambiente, sino fundamentalmente a los agricultores. Así pues,
la difusión e implantación de estas técnicas en el sector agrario ha de tener
relevancia en el futuro y ha de ser tenido en cuenta por las Administraciones
para sus programas futuros. Una forma de hacerlo es a través del establecimiento
de redes de trabajo, programas y actividades que contribuyan a dar a conocer
estas prácticas a la población agraria. En España existen programas de fomento
promovidos por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación y por el
Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) y más
concretamente, en Andalucía existe el programa Red Andaluza de Experimentación
Agraria sobre agricultura de conservación, perteneciente al Instituto Andaluz de
Investigación y Formación Agraria, Pesquera, Alimentaria y de
la Producción Ecológica (IFAPA).
La agricultura de conservación consiste en diversas prácticas agronómicas
que permiten un manejo del suelo agrícola alterando lo menos posible su
composición, estructura y biodiversidad, evitando también su erosión y
degradación. Las técnicas de agricultura de conservación incluyen
diversas modalidades tales como la siembra directa (no laboreo), el mínimo
laboreo (reducido, en donde no se incorporan o sólo en muy breves
periodos, los residuos de cosecha), y el establecimiento de cubiertas
vegetales entre sucesivos cultivos anuales o entre hileras de árboles en
plantaciones de cultivos leñosos. En términos generales, con las técnicas
de conservación, el suelo queda protegido de la erosión y escorrentía,
se aumentan la formación natural de los agregados del suelo, la materia
orgánica y la fertilidad, y a su vez se disminuye la compactación debido
al tránsito de la maquinaria agrícola. Además, tiene lugar una menor
contaminación de las aguas superficiales, se reducen las emisiones de CO2
a la atmósfera y se aumenta la biodiversidad.
Todos
estos beneficios medioambientales sociales se ven acompañados por unos no
menos importantes beneficios económicos para el agricultor, que reduce de
manera considerable el coste que le supone la producción.